En el marco del Día Internacional de Cero Residuos, las voces de mujeres recicladoras nos permiten entender que el reciclaje no empieza en las políticas públicas ni en los contenedores, sino en sus manos. Para ellas, el reciclaje es mucho más que un oficio. Es sustento, conocimiento y contribución directa al cuidado del planeta. “El bien que hacemos al medioambiente es lo más importante”, explica Diana Marcela Bernal.
En Bogotá, la actividad de aprovechamiento como parte del servicio público de aseo depende en gran medida del trabajo de miles de recicladores y recicladoras que recuperan materiales y reducen la presión sobre los rellenos sanitarios. Lo que muchos no imaginan, es que esa labor convive con una falta de reconocimiento persistente. Muchas veces, la ciudadanía no ve el valor de su trabajo, sino el estigma asociado a la basura.
“Nos discriminan por estar halando un zorro o abriendo bolsas”, cuenta Magda, evidenciando cómo la percepción social termina desdibujando el impacto ambiental y económico de su labor. Esa desconexión tiene consecuencias concretas. La falta de separación en la fuente no solo dificulta el reciclaje, sino que expone directamente a las recicladoras a condiciones riesgosas. “Nos entregan material contaminado, con vidrios, con basura, con pañales”, explica Zulma Sanabria.
Detrás de los residuos mal dispuestos hay manos que deben tocar lo que otros decidieron no separar. La falta de separación no solo reduce la eficiencia del reciclaje, sino que expone directamente a las recicladoras a condiciones insalubres y peligrosas. Por eso, más que asistencia, lo que ellas piden es corresponsabilidad: una ciudadanía consciente de que su papel en la cadena es clave. “Que haya separación en la fuente y consideración con nuestro trabajo”, insiste Diana Marcela.
Pero los desafíos no son solo ambientales o culturales, también son estructurales y, en muchos casos, profundamente marcados por el género. Muchas recicladoras son madres cabeza de hogar, lo que implica sostener simultáneamente el trabajo y el cuidado. “Nuestros hijos dependen de nuestro trabajo”, señala Johana Sánchez, quien también enfatiza la necesidad de que sus derechos sean reconocidos y respetados. En este contexto, su labor no solo implica esfuerzo físico, sino una constante lucha por dignidad, visibilidad y equidad.
Es precisamente frente a estas brechas que iniciativas como ReciclAgentes buscan aportar una respuesta estructural. El proyecto, liderado por ONU-Habitat en articulación con la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP), parte de una premisa clave: no es posible fortalecer el sector sin comprender a profundidad a quienes lo sostienen. Por ello, una de sus principales acciones es la caracterización de miles de recicladores en la ciudad, con el fin de analizar sus condiciones reales de vida y laborales y, a partir de ello, diseñar estrategias de formalización e integrarlos de manera más efectiva al sistema de gestión de residuos. Asimismo, incorpora un enfoque de género que reconoce las necesidades específicas de las mujeres recicladoras, no como un elemento adicional, sino como un componente central para avanzar hacia soluciones más justas y sostenibles.
En el Día Internacional de Cero Residuos, reflexionemos sobre nuestro rol en cuanto a la gestión de residuos: el cambio no depende solo de ellas. Empieza en cada hogar, en cada decisión de separar, o no, los residuos. Porque valorar su trabajo también implica asumir una responsabilidad compartida. Y en esa cadena, reconocer a las mujeres recicladoras no es solo un acto de justicia, sino una condición necesaria para construir una ciudad más sostenible.